De las tres grandes cualidades imprescindibles para todo ejecutivo: anticipación hacia el futuro, gestión de recursos y motivación del equipo, esta última suele ser la asignatura pendiente de la mayor parte de nosotros. Prefiero llamarla capacidad de ilusionar porque, en realidad, nadie motiva a nadie: la motivación, la emoción, el movimiento, ocurren siempre desde el interior hacia el exterior de cada una de las personas. Toda motivación es automotivación.

Ilusionar, generar ilusión. Me parece particularmente elocuente la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia Española, que define la ilusión como “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo”. En consecuencia, la ilusión se compone de tres ingredientes.

Los ingredientes de la ilusión

Esperanza

Los humanos somos seres necesitados de proyectos para nuestra supervivencia física y anímica (como demostró el doctor Víctor Frankl tras su sufrimiento en Auschwitz) y, por supuesto, para dar lo mejor de nosotros mismos. Por ello, en la Divina Comedia, Dante sitúa en la entrada del infierno el lema “Abandonad toda esperanza”. Y Samuel Johnson nos enseñó que “donde la esperanza no existe, no puede existir el esfuerzo”.

La esperanza conecta, sin duda, con la capacidad de anticiparse (más del 70 % de los directivos fracasa por falta de visión estratégica). Todo ejecutivo eficaz ha de dedicar tiempo y esfuerzo a diseñar y comunicar insistentemente esa esperanza, a convertirla en un magnífico reto, a hacerla visible, con toda su carga emocional positiva.

Cumplimiento

Es el segundo gran componente para generar ilusión. Cumplir las promesas, la palabra dada. Credibilidad, honestidad. Ser un buen gestor es condición necesaria, imprescindible, pero no suficiente. Se requiere ser íntegro, coherente, mostrar con los hechos más allá del discurso. Para dirigir, uno debe dirigirse según valores reconocidos. En palabras de Ralph Waldo Emerson: “Lo que haces habla tan alto que no puedo escuchar lo que dices”. Un ejecutivo sin trayectoria, sin experiencia, sin evidencias de logro o, lo que es peor, que no practica lo que predica, porque se mueve a bandazos, difícilmente podrá generar ilusión en quienes lo rodean. Lo más probable es que, consciente o inconscientemente, sea un demagogo, un generador de una ilusión fugaz e inconsistente.

Atractividad

Los griegos la llamaron carisma, el don de funcionar como un imán. Nos atrae de los mejores ejecutivos la seguridad en sí mismos (autoconfianza, que no arrogancia), su capacidad para escuchar con atención y entender al otro, de obtener resultados de forma consistente, de mantener la calma en situaciones estresantes, de influir sin imponer. Hablamos de la inteligencia emocional, en suma, que supone el 90 % del liderazgo.

Conozco a multitud de ejecutivos humildes, honestos y coherentes, con las ideas muy claras, que tienden a creer que los conceptos “se venden solos”, que para que los profesionales de una organización o los ciudadanos de una comunidad autónoma se sientan implicados y comprometidos bastan los buenos resultados o un buen proyecto estratégico. Craso error, que suele generar en ellos frustración. Sin participación no hay compromiso. Por suerte o por desgracia, “el buen paño en el arca no se vende”. Los ejecutivos que deseen ilusionar a los suyos han de hacerse visibles, cercanos, comprensibles… Han de esforzarse en la didáctica equipo a equipo (empezando por sus colaboradores directos) y persona a persona. Estamos en la “economía de la atención” y a todos nos bombardean infinidad de informaciones, más o menos reales, de manera que es extremadamente difícil separar el grano de la paja.

Para ilusionar a los demás hemos de conseguir lanzar estímulos convenientes. Investigadores como David Freemantle (autor de El factor estímulo) consideran que hay hasta 17 tipos de estímulos y han cuantificado su importancia en muestras representativas. Los más poderosos, con casi un 20 % del total, están vinculados a una aspiración, un ideal. Perseguir un ideal a título personal (seña de identidad de nuestra tradición humanística, desde el Mío Cid y Don Quijote hasta Salvador de Madariaga), fomentar un ideal en los demás, desde la credibilidad y la inteligencia emocional, es clave para conseguir esa capacidad de ilusionar positivamente.